Caminaba lentamente. ¿Quién era aquel hombre? Recuerdo que entristecí. Hizo una seña con las manos, como si quisiera que lo siguiera. Tenía los ojos diáfanos y la mirada triste. Llevaba la ropa sucia. Colgaba de su hombro izquierdo un morral rojo. Resbaló dos veces, recuerdo que lloré más. No controlaba mis lágrimas, no controlaba nada de mí. Entonces hice un esfuerzo, volví la mirada y mi madre lloraba desconsolada, ella no miraba al mendigo que, asustado y triste, seguía con su andar débil. No, ella lloraba simplemente.
Tal vez era un borracho, no lo sé. La curiosidad pudo más. Mamá lloraba, yo tenía que consolarla ¡Yo tenía que estar con ella! Salí de prisa. Una vez fuera el frio me golpeó la cara. Tenía una chompa delgada, un pantalón de pijama y unas pantuflas viejas que pertenecieron a mi padre. El frío penetraba por todo mi cuerpo. No me importó. Di unos pasos, el hombre caminaba lentamente, había algo familiar en aquel desconocido. Instintivamente lo seguí. Caminaba con la cabeza baja, el cabello sucio y largo. Era joven, a lo mucho treinta años. De su cuerpo emanaba un aroma desagradable, inmundo. Su rostro, en otro tiempo perfecto, estaba repleto de heridas y moretones, tenía los labios partidos. Yo lo conocía. Entonces creí entender, pero la idea era descabellada, simplemente era imposible.
Lo seguí durante horas por calles sucias, callejones oscuros y húmedos. Caminaba hechizado por una extraña sensación de admiración. Existía en el aire un dulce aroma familiar que me resultó sobrecogedor. La tristeza de mi alma se acrecentaba con cada paso. Tenía ganas de llorar. Pensaba en mamá, me la imaginé preocupada, de pie frente a la misma ventana en la que yo vi a este vagabundo que ahora sigo. Tenía en mi mente la imagen de mi madre llorando. Pero no quería volver, no podía volver hasta saber algo más de este hombre. Me ataba la curiosidad de descubrir algo que sentía tan extraño, pero a la vez cercano, aunque se me alejaba a cada paso, me sentía cerca, no podía dar marcha atrás.
El hombre caminaba ido, pensativo. Se metió a un basural. Lo seguía sigiloso. El olor nauseabundo hacía el aire pesado, imposible de respirar, entré, pisé comida podrida, bolsas plásticas, latas de gaseosas de colores intensos. El hombre no estaba por ningún lado ¿Había desaparecido, o se ocultaba de mí? ¿Había notado mi presencia?
Pasé la noche en el basural. Con el paso de las horas el olor se hacía más soportable o era que yo me iba acostumbrando. Los insectos me susurraban al oído palabras dulces, caminaban sobre mi cuerpo, me acariciaban el rostro, con sus patas llenas de diminutos pelos. No sentía asco, ni miedo. Así pasé la noche, abrigado por el calor del basural, protegido por los seres que lo habitaban. Desperté muy temprano. Justo al lado de donde yo estaba, había una foto. En la fotografía se podía ver una calle en perspectiva, al final de la misma, una pared de piedra impedía el paso, era una calle sin salida, a ambos lados de la pista se levantaban árboles marchitos, deshojados que iban en hilera hasta el final del camino.
Tomé la foto, me incorporé, busqué con la mirada al extraño, no estaba, pero sentía su presencia, su mirada. Caminé rumbo a casa y mientras caminaba la imagen de mi padre me acompañaba, lo recordé perfectamente, su rostro perfecto, Nunca antes había podido recordar su rostro con tanta claridad, él murió cuando yo era muy pequeño.
Había muerto trece años atrás. Mi madre lloró todas las noches, era su forma de recordarlo. No pasó una sola noche sin realizar aquel ritual en homenaje a su memoria. Dejó en ella, la muerte de mi padre, un gran vacío que yo nunca logré entender. De hecho, yo no tenía recuerdos claros de él. Nunca fui capaz de derramar una lágrima por él, siempre me culpé por eso. Mi madre nunca lloró estando yo en su presencia. Lloraba en las noches, cuando me dejaba en la cama, somnoliento, y bajaba silenciosa a la cocina y lloraba sin lágrimas, con la pena fatigándole en corazón, era un ritual al que mi madre fue siempre fiel. Yo bajaba descalzo, escuchaba sus tristes susurros, sus gemidos contenidos. La observaba desde la puerta, sereno.
Mi madre nunca quiso llorar delante de mí, y menos me quiso contar cómo murió mi padre, siempre evitó el tema. Solo sé que él murió un día de verano. Yo tenía seis años. Creo que crecí odiando a mi padre, por haberme abandonado, por haberme privado de su presencia. Ese odio ha desaparecido. El único recuerdo que tengo de mi padre, es su voz narrándome un cuento fantástico, y la imagen de su rostro algo borroso. Me contaba la historia de un ángel. No sé si es un recuerdo o una ilusión que sustituyó la falta de recuerdos.
Llegué a casa, mamá no estaba. Subí a mi cuarto, toda mi casa olía a flores frescas, a campo primaveral. Entré a mi cuarto. Me bañé, y aunque mi cuerpo olía a jabón, me sentía sucio. Me quedé dormido mientras pensaba en tantas cosas: en una vida que no era la mía (pensé, otra vez, que era culpa de mi padre), en cosas tan extrañas y lejanas que no sabía qué eran. Y mientras más lo imaginaba, las ganas de vivir todo aquello se hacían incontenibles.
Cuando desperté, ya era de noche, encontré sobre mi escritorio un morral de lana rojo. Y la ventana entreabierta ¿Pero, quién? No podía ser otro que el vagabundo del día anterior. En el interior del bolso había un libro antiguo, del cual cayó un pedazo de papel muy viejo. Era una foto. Sí, la misma foto que yo había encontrado. Las dudas absorbían mi cabeza, nada de lo que yo imaginara explicaba lo que estaba viviendo. No pude dormir. Me fui de casa. No lo pensé, fue una reacción, la respuesta a algo que yo no entendía. La luz me llamaba. El frío era intenso. Cuando me di cuenta estaba corriendo en medio de la pista de un camino que conducía a las afueras de la ciudad. El significado de las cosas cambió drásticamente. Nunca más una foto o un libro iban a ser simples objetos. Nunca. Ante mis ojos, los objetos se despojaban de su simpleza y obtenían estatus de dioses ocultos tras meros instrumentos, de apariencias simples, pero de poderes inconmensurables.
Llegó el día. Amaneció para el resto del mundo. Yo vivía iluminado por una luz irreal, imposible de identificar. Nunca más vi la noche. Esa luz me cubría con su intensidad infinita, me hacía ver los objetos y los colores en su real dimensión. Nunca fui tan desdichado, el sentido de la vida se había extinto: nunca habrían misterios para mí.
Busqué en el mundo algo que la luz no pudiera cubrir, algo que escapara a su poder. Busqué aquel objeto por continentes lejanos, incluso, en algún momento creí estar en una dimensión extraña, no estaba seguro. Pronto la luz me mostró que no era ninguna dimensión desconocida, yo veía cosas que me resultaban imposibles de comprender para un simple humano, nunca me terminé de acostumbrar.
Anduve por caminos de muerte, y llegué a una ciudad, creí que había estado antes allí. Caminé entre basurales. A lo largo de trece años viaje por este mundo y el otro, mi fiel libro (del cual no supe nada más que el título, nunca en tantos años me atreví a leerlo, admito que siempre le tuve miedo) y la fotografía de aquel lugar que tanto busqué, habían sido mi única compañía.
Es mi último día en este mundo. Lo supe esta mañana, en el preciso instante en el que abrí el libro. Leí unos párrafos. Allí estaba escrito el secreto de nuestro mundo. Dicho secreto se me fue revelado por la luz, años atrás, trece para ser exactos, la noche de mi partida. Cerré el libro con la certeza de que iba a morir.
Camino por la ciudad, todos me miran extrañados. Todos creen que estoy loco. Tal vez tengan razón. No he podido soportar tantos secretos develados, mi condición de humano no me lo ha permitido. Llego a una calle hermosa, la quietud se respira en el aire puro, reconozco un aroma familiar a flores, a campos primaverales. Es la calle de mi infancia y mi adolescencia. Es la calle de la fotografía. Pero no hay ningún muro de piedra, por el contrario este camino se extiende hasta el infinito. Desde la ventana de una de las casas, un muchacho me observa. Ese muchacho soy yo. La luz es casi imperceptible, pero me revela la última verdad: hoy moriré e iré a un lugar que llaman infierno. No es un lugar como todos piensan. Es un lugar vacío, reina la nada. No hay afecto, no hay dolor. Es mi castigo por dejar a mi madre sola con su dolor. Ahora lo entiendo, ese era el secreto que la luz jamás me mostró.

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