jueves, 19 de agosto de 2010

MARIANITA

Mientras el muchachito se quita la ropa, la niña lo espía desde el umbral de la puerta. Se quita la camisa a cuadros que debe ser de su padre, los pantalones bien planchados que dobla con sobriedad disimulando sus nervios, se queda en ropa interior. Es flaquísimo, casi no tiene carne. Se ve tan indefenso. Es tan lindo, Marianita, pobrecito el niño, quiere ser hombre esta noche. Es menor que tú, apenas debe está en el colegio. Qué delgadito y frágil se le ve. Tú ya eres una mujer, con el cuerpo de mujer, con la tetas en su sitio, el cabello pintado y las uñas bien al rojo vivo. Eres una fiera, gatita, u-n-a f-i-e-r-a.

Entonces la niña entra, confiada, está en su ambiente, y allí no existen los nervios. Se acerca al muchacho con movimientos suaves, contornea la cintura, es lo que buscaba: ser otra. El muchacho respira hondo, experimenta una erección. Pasa saliva y contempla las suaves líneas del cuerpo de la mujer. Tiene el rostro dulce de una niña que se contrasta con el maquillaje exagerado, las uñas pintadas con un rojo intenso, al igual que los labios, la rodea una luz rosada. Esa luz inunda el cuarto. Entonces Marianita, no, perdón, Clarice, besa al muchacho en la mejilla, en la boca, le hace cosquillas con la lengua en la oreja y le susurra indecencias.

- ¿Cómo te llamas?- pregunta de repente.

-José- responde el muchacho, completamente excitado.



¿Qué pasó, Marianita? ¿Qué pasó aquel día? ¿Qué hizo, qué te dijo para que ahora estés aquí, a esta hora? Es cierto, le abriste tu corazón a un desconocido, a un niño, le dijiste tu nombre, tu verdadero nombre, Mariana Fesser. ¿Por qué? Lo piensas y no encuentras respuesta. Era un niño que te escuchó, nadie te ha escuchado antes ¿o sí? Elegiste la vida que elegiste buscando amor, Marianita, buscando tanto amor en los encuentros nocturnos en habitaciones iluminadas de color rosa. Te llenó la existencia este trabajo. Tal vez, Marianita, tú no necesitabas amor, tal vez te sobraba y solo querías compartirlo. ¿Entonces por qué estas acá? Acaso te enamoraste de verdad. No lo sabes. Tocan el timbre de salida, cientos de niños se apresuran por la puerta hacia la calle. Marianita está quieta, sentada al borde de la banqueta opuesta al colegio de José. Él sale. Ella lo mira, pero él, como tantas veces, no advierte su presencia. Nunca le hablarás, Marianita, nunca, solamente Clarice, solo ella.

1 comentario: