jueves, 9 de septiembre de 2010

El perdedor

Siempre ha sido así, nosotros los perdedores ya no soñamos con alcanzar sueños imposibles. Las caídas han sido duras, y han sido muchas, todas dolorosas, todas sustanciales, todas nos enseñaron a ser escépticos, desconfiados.


Perdí tantas veces, que el último golpe recibido que recuerdo es, justamente, el último que recibí. Y este golpe sí que dolió, quién me puede refutar que los golpes duelen más cuando, precisamente, no son golpes en el sentido físico de la palabra. Aquellos que son más sangrientos cuando no merman el cuerpo sino aquello llamado alma; que son más carnívoros cuando no tocan carne pero el dolor penetra hasta los huesos.

Es claro que fue una mujer quien me ha recordado que los fracasados no deben atreverse a soñar. Lo tenía claro: ella solo me traería problemas. Y así fue. Cada gesto dulce invitándome a seguirla por los laberintos de su rostro frágil y dulce. Cada instante que yo pensé en ella me elevó a una dimensión de colores extravagantes, vientos calmados, olores de ensueño y suavidad de nubes esponjosas acariciando cada uno de mis órganos. Me sumergí en un placer delicioso. Me extasiaba el solo hecho de imaginar mis manos tocándole los labios suavemente, y luego rozar su cuello largo y envenenado de sensualidad, resbalar por sus pechitos en formación, besar su abdomen y consumar mi amor a ella.

Todo aquello era un sueño que ella alimentaba cada día. Cada instante a solas era una invitación a algo que desconocía: la pasión extrema. Sentía que el cualquier momento no soportaría más, y le besaría ese cuellito que me traía loco, con pasión enloquecida y ternura inconmensurable. Pero no lo hice, y ella se divertía viéndome temblar ante ella, calculando cada palabra, me mordía los labios y cruzaba las piernas, era tonto pensar que ella quisiera algo conmigo. Me gustaba ser su esclavo, era feliz estando cerca de ella. Ella se divertía con cada gesto que hacía para agradarle, pero nunca fui más que un simple niñito bobo.

Ella me usó, y yo lo acepté con una sonrisa. Y volé tan alto que, aún hoy, no creo haber tocado fondo. Un día simplemente no aguanté más. Las luces débiles de la calle en la que vivía fueron mis cómplices. Me acerqué suavemente a sus labios, los rosé por unos segundos. Entonces la brutalidad de una fuerza superior a las mías me arrolló sin piedad. Yo no soy quien tú crees, me dijo, eres lindo, pero poquita cosa, niño, el juego ha terminado. Y el perdedor se fue a casa resignado, saboreando el dulce sabor de los labios de su amada opacado por el agrio de su desprecio.

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